La medida de todas las cosas


Miguel Francisco Crespo Alvarado

Tal vez hasta Protágoras, el sofista, se asombraría de la manera en que en el mundo contemporáneo cada individuo se asume como “la medida de todas las cosas”. Y es que hoy, para que algo se considere como cierto, parece bastar que el asunto en cuestión guste o convenga, y nada más. Por supuesto, habrá individuos que no estén de acuerdo -porque a ellos ni les guste ni les convenga- pero, para eso “cada uno tiene su verdad”.

Las evidencias están pasadas de moda; son un artículo superfluo y carente de sentido cuando todo lo que necesita una afirmación para convertirse en certeza incuestionable es agradar. Y lo contrario, todo aquello que no resulte de nuestro muy particular e individual gusto pasa a ser considerado como falso. La opinión reina por sobre los hechos, cuya verificación ya sólo la realizan los necios y los ociosos.

Los datos, las cifras y otras expresiones susceptibles a la corroboración sólo se utilizan cuando convienen, porque cuando no simplemente no existen. La desmesura en los juicios que como consecuencia se sigue es abrumadora. Se pierde todo sentido de la proporción y se alimenta la fantasía, a la cual no se le reconoce como ilusoria sino como realidad palpable. Todo se magnifica o se minimiza, a placer de cada “yo”.

En un escenario así ¿cómo no esperar un proceso electoral como el que estamos viviendo en México? Las promesas, las acusaciones, los compromisos, los señalamientos, las esperanzas, los temores y todo cuanto sea introducido por partidos y candidatos es asumido como cierto si gusta o falso en el caso de que disguste. No se pone bajo cuestión lo que exponen los aspirantes lo que redunda en la ligereza y la irresponsabilidad con la que se están conduciendo.

Muchos medios de comunicación, tradicionales y alternativos, están también trepados en esa dinámica. Colocan notas que son sólo opiniones y conjeturas que, en la gran mayoría de los casos, no están acompañadas de evidencia alguna. Reporteros y periodistas no reclaman a sus entrevistados las pruebas de su decir y, en casos extremos, hasta hacen gala de su histrionismo para darle “mayor emotividad” a su nota; porque la verdad no importa sino lo que cada uno sienta.

En tal escenario, las posibilidades de que se eleve el nivel durante las campañas parecen escasas. Se van colocando así condiciones para que gane el voto incauto: el de los que están convencidos de que México puede cambiar y acomodarse a sus propios gustos y conveniencias, sin que ellos tengan que hacer otro esfuerzo que no sea votar.

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