Fabulosa colección de fotos de Emiliano Zapata en su aniversario luctuoso


“… la historia dilucidará hasta qué punto Zapata no fue el feroz bandolero que lo mismo la prensa maderista, que la prensa huertista y la prensa carrancista, pintaron con negros colores; y hasta qué punto latía en su alma ruda, primitiva, inculta, un ideal de libertad y de justicia”, periódico Omega, 12 de abril de 1919.
“El jefe de la rebelión del sur…”, El Universal, 12 de abril de 1919“El jefe de la rebelión del sur…”, El Universal, 12 de abril de 1919

Emiliano Zapata nació el ocho de agosto de 1879, en San Miguel Anenecuilco, Morelos, en el seno de una familia vinculada a las luchas históricas de México. Emiliano, que se consideraba a sí mismo como “un bien planchado” —le gustaba vestirse de charro y lucir botonadura de plata—, inició su participación política en 1909, en la campaña de Patricio Leyva por la gubernatura del estado. Ese mismo año fue electo presidente de la junta para la defensa de las tierras de Anenecuilco.

Al estallido del movimiento armado de 1910, Zapata se sumó a la lucha maderista apoyando el Plan de San Luis. Al triunfo de la Revolución, Zapata exigió su cumplimiento, en especial del artículo tercero: la restitución de tierras a comunidades indígenas que hubieran sido víctimas del despojo. Francisco I. Madero no cumplió, así que en noviembre de 1911, Zapata lanzó el Plan de Ayala, redactado por el profesor Otilio E. Montaño.

Emiliano Zapata acaudilló a miles de campesinos bajo el lema magonista de Tierra y Libertad. Luchó contra Madero, Victoriano Huerta y Venustiano Carranza. Una de las grandes hazañas de los zapatistas ocurrió el 6 de diciembre de 1914, con la entrada del Ejército Libertador del Sur a la Ciudad de México. Aquél día, relata el historiador Felipe Ávila, “los habitantes de la ciudad de México presenciaron un acontecimiento insólito. Entre maravillados, atónitos y temerosos, vieron marchar por las calles céntricas de la vieja capital a varios miles de hombres armados, muchos de ellos a caballo, en un desfile militar diferente a los que habían visto antes”.

A finales de 1915 y principios de 1916, Venustiano Carranza buscó recuperar Morelos, dando inició a una larga guerra de sobrevivencia por parte de los zapatista. En 1918 el zapatismo atravesaba por graves problemas, ya que no sólo se enfrentó a las tropas gubernamentales, sino también a las rupturas internas, como la ejecución, en 1917, del ideólogo zapatista Otilio E. Montaño, acusado de traición.

La decisión de Carranza de eliminar a Zapata y el movimiento que encabezaba, se produjo después de que este último le enviara una misiva, fechada el 17 de marzo de 1919, en la cual lo acusó públicamente ser el causante de todos los males que aquejaban al país. La crítica exasperó a Venustiano, ordenando a Pablo González eliminar a Zapata. Éste, a su vez, le encomendó a Jesús Guajardo —quien estaba al frente de las operaciones en Cuautla—, eliminar a Zapata.

La táctica de Guajardo fue fingir un distanciamiento con Pablo González y con el gobierno de Carranza; además de entregarle armas, hombres y caballos, junto con los rebeldes sureños conversos al Carrancismo. Y para convencerlo, Guajardo atacó una población en poder del ejército federal. Con ello Emiliano Zapata cayó en la celada. El golpe final se fraguó cuando Zapata aceptó una invitación para asistir a la Hacienda de Chinameca.

A las 14:10 horas del 10 de abril de 1919, Emiliano Zapata se presentó en la puerta de la Hacienda de Chinameca. Al aproximarse, una banda de guerra tocó llamada de honor y, antes de terminar ésta, una trompeta tocó a fuego, a continuación siguieron las descargas de plomo que impactaron en repetidas ocasiones el cuerpo del caudillo del sur.

La noche del 10 y la mañana del 11 de abril, fueron de fiesta tanto para el gobierno como para quienes con su pluma atacaron y despreciaron al movimiento encabezado por Zapata.

Por ejemplo El Demócrata, del 11 de abril, manifestó:

“Emiliano Zapata, «Atila del Sur», semejante por sus crímenes al rey de los Hunos que saqueó a Roma; Zapata, el errante merodeador que desde 1910 conmoviera a la República en las montañas de Morelos y llenara de luto tantos hogares; Emiliano Zapata, superior en sus atentados al Atila legendario; Zapata, el destructor de Morelos, el volador de trenes, el sanguinario que bebía en copas de oro, por su idiosincrática cobardía personal, a quien tantas veces ha matado la crónica periodística, pagó ya su tributo a la Naturaleza, a manos del coronel Jesús Guajardo, en un combate cerca de Chinameca; su cadáver está a la pública expectación, desde ayer por la tarde, en el Palacio Municipal de Cuautla”.

La muerte de Zapata fue, para sus seguidores, un acontecimiento nefasto. Pronto se corrió la voz de que su cadáver no tenía las señas particulares de su caudillo, como era el lunar en forma de manita que tenía en el pecho o que no le faltaba el dedo que a Zapata sí. También se rumoró que se enteró de los planes de González y Guajardo; y que se había ido a remotos países como Arabia. Algunos más decían que estaba escondido para regresar después.

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